La nostalgia del amor: lo que aprendimos en casa.
- portaldeladultomay
- 21 ene
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Hay días en los que uno no necesita consejos. Necesita recordar. Y hay momentos, sobre todo cuando el mundo se siente áspero, en los que lo único que nace es una pregunta antigua, casi infantil, pero profundamente seria: “Mamá, papá… ¿están ahí?” No como reclamo. Como búsqueda. Como si una parte de nosotros siguiera tocando la puerta del hogar interior, preguntándose dónde quedó eso que un día fue sencillo: el amor sin cálculo, la bondad sin espectáculo, la ternura sin agenda.

Luis Valenzuela
A veces salimos a la calle y todo se siente pesado. No porque literalmente todo sea terrible, sino porque lo que se está respirando, en conversaciones, noticias, redes, familias, trabajos, es una tensión constante. Como si la vida se hubiera vuelto un combate permanente. Pelear por tener razón. Pelear por dinero. Pelear por estatus. Pelear por no quedar mal. Pelear por sobrevivir, aunque por dentro se esté muriendo la capacidad de disfrutar. Y uno mira alrededor y piensa: ¿en qué momento vivir se volvió solo aguantar? ¿En qué momento nos convencimos de que estar tensos era normal? ¿En qué momento se volvió más importante ganar que estar en paz?
En ese mundo, el amor parece una palabra que todos mencionan pero pocos practican. Se busca en templos, se pide en rezos, se grita en discursos, se predica en redes. Pero cuando llega la hora de tratar al otro como humano, cuando aparece la diferencia, el error, la opinión contraria, la incomodidad, el amor se evapora y lo que sale es otra cosa: juicio, desprecio, burla, indiferencia. Y entonces uno vuelve a preguntar, no por romanticismo, sino por necesidad: ¿dónde está el amor? ¿Todavía vive entre nosotros o se quedó guardado en una época que ya pasó, en una casa que ya no existe, en una infancia en la que alguien nos enseñó que se podía ser bueno sin volverse débil?
Porque sí: el odio es contagioso. No llega como un monstruo, llega como un permiso. Llega como “ya me cansé”. Llega como “así es la gente”. Llega como “pues que se aguanten”. Llega como “yo también tengo derecho a decir lo que pienso” y lo que se piensa se vuelve un arma letal. El odio crece cuando la discriminación se vuelve normal, cuando la intolerancia se vuelve virtud, cuando la dureza se confunde con el carácter. Y lo más peligroso del odio no es su ruido: es su facilidad. Entra rápido. Se instala sin pedir permiso. Y si uno no se da cuenta, comienza a vivir desde ahí, como si lastimar fuera una forma de protegerse.
Por eso hay algo profundamente valioso en lo que muchos aprendimos de nuestros padres, o de quienes cumplieron esa función, cuando el amor era acción, no discurso. No hablo de padres perfectos. Hablo de esa enseñanza simple que se queda para siempre: tratar al otro con dignidad. Ayudar sin necesidad de aplauso. Ser condescendiente con la torpeza ajena. No responder con el mismo veneno. Sostener la calma. Poner la otra mejilla, no como sumisión, sino como una decisión poderosa: no dejar que el odio te convierta en lo mismo que detestas.
El problema es que uno crece, sale al mundo y descubre que esa forma de vivir parece extraña. Incluso parece ingenua. Y entonces llega la duda: “¿será que no entiendo?” “¿será que vivo en el planeta equivocado?” Porque allá afuera, a veces parece que la gente premia al más duro, al más rápido, al más agresivo. Parece que el que ama pierde. Parece que el que perdona queda como tonto. Parece que el que escucha es débil. Y ahí es donde mucha gente abandona el amor sin darse cuenta: no lo abandona por maldad, lo abandona por cansancio. Se rinde. Se endurece. Se resigna.
Y sin embargo, hay una verdad que no se puede borrar: todos estamos buscando lo mismo. Todos queremos paz. Todos queremos sentir que pertenecemos. Todos queremos ser vistos sin tener que actuar. Todos queremos un lugar donde podemos bajar la guardia. La tragedia es que buscamos ese lugar exigiéndolo, peleándolo, imponiéndolo, como si la ternura se pudiera arrancar a la fuerza. Y así nos volvemos expertos en palabras y pobres en presencia.
Por eso este texto no es un lamento. Es una invitación. A recordar que el amor real casi nunca se nota en grandes gestos, sino en pequeñas decisiones repetidas: cómo hablas cuando estás enojado; cómo tratas a alguien que no te es útil, cómo respondes cuando podrías humillar; cómo miras a quien es diferente a ti; cómo corriges sin destruir; cómo pides perdón sin pasar por el orgullo; cómo perdonas sin convertirte en un tapete. El amor no es un estado de ánimo. Es una forma de estar en el mundo. Una forma de habitarnos. Y sí: requiere coraje. Porque amar en un mundo hostil no es sentimentalismo. Es resistencia.
Hay miedo en el aire: miedo al encuentro, a la diferencia, a no tener razón, a ser herido otra vez. Y el miedo empuja a actuar todos igual: atacar primero, desconfiar, ponerse máscaras, competir. Esas máscaras se vuelven costumbre y entonces pasa lo peor: dejamos de sentirnos; dejamos de habitarnos… Nos volvemos funcionales, correctos, ocupados, pero desconectados. Y una vida desconectada termina creyendo que el amor era una fantasía. No lo era.
El amor existe, pero no vive en discursos. Vive en el ejemplo. En el tipo de ejemplo que muchos recibimos sin darnos cuenta: padres que, con todo y sus errores, nos mostraron una forma de tratar a la vida con humanidad. Padres que quizá no hablaban bonito, pero estaban. Padres que quizá no eran perfectos, pero enseñaban con actos. Y cuando uno entiende eso, la pregunta “¿dónde está el amor?” cambia de lugar. Ya no es una pregunta hacia afuera. Se vuelve una responsabilidad íntima: ¿Dónde está el amor en mí, hoy? ¿Dónde lo pongo? ¿Dónde lo practico? ¿Dónde lo niego por orgullo?
Si algo puede salvarnos no es una idea nueva. Es una decisión vieja: volver a lo esencial. Volver a la ternura sin espectáculo. Volver a la dignidad. Volver a la capacidad de borrar ofensas y poner caricias en su lugar, no porque el otro “lo merezca”, sino porque tú no quieres vivir contaminado. Volver a perdonar como una forma de higiene interior. Volver a amar como se ama cuando uno ya entendió que el odio es caro, y que al final siempre lo paga el que lo carga.
Si tú recibiste un ejemplo de amor, no lo uses solo como nostalgia. Úsalo como brújula. En un mundo que se está acostumbrando a la dureza, ser humano es un acto espiritual.
Tal vez no podamos arreglar “el mundo”. Esa fantasía también cansa. Pero sí podemos arreglar la forma en que tratamos al que tenemos enfrente. Podemos hacer que una conversación no se convierta en una guerra. Podemos hacer que una casa vuelva a ser un hogar. Podemos hacer que una diferencia no se convierta en desprecio. Podemos hacer que un día común tenga un poco menos de veneno. Y eso, aunque no salga en las noticias, es la forma de cambiar el mundo.
Cuando uno ha visto suficiente odio, entiende lo raro y lo valioso que fue haber experimentado amor en casa. Por eso, si esta fuera una carta diría algo así: “Gracias por enseñarme el camino. Gracias por mostrarme que se puede vivir sin convertirse en piedra. Gracias por amarme. Gracias por permitirme amarlos. Gracias por dejarme una evidencia de que el amor es real y que sí existe. Y si existe, entonces vale la pena seguir vivo, pero vivo de verdad.
Y si hoy vuelves a preguntarte “¿dónde está el amor?”, la respuesta no está lejos. Está donde siempre estuvo esperando: en el acto pequeño que vas a elegir ahora.







