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El derecho a decidir y tomar las riendas de nuestra propia vejez

  • 27 jul
  • 3 min de lectura

A lo largo de la vida, tomamos decisiones constantemente: qué estudiar, en qué trabajar, cómo formar una familia o dónde vivir. Sin embargo, al llegar a la vejez, parece existir una tendencia social invisible que intenta restar valor a nuestra voz. Con el pretexto del "cuidado" o la protección, muchas decisiones cotidianas empiezan a ser tomadas por los hijos, la familia o el entorno.


L.G. Yamileth Villarreal


El verdadero bienestar en la vejez no radica en la sobreprotección, sino en el respeto absoluto a la autonomía. 


Envejecer con dignidad significa mantener el control de nuestra propia vida, de nuestras finanzas, de nuestras elecciones médicas y de nuestra cotidianidad hasta el último momento.


Tu voz sigue siendo tuya

El empoderamiento en la vejez comienza cuando reconocemos que no somos objetos de cuidado, sino sujetos de derechos

 

Tener más de 60, 70 u 80 años no disminuye nuestra capacidad jurídica ni nuestro derecho a opinar sobre lo que queremos. Equivocarse, cambiar de opinión o decidir cómo gastar nuestro propio dinero son libertades que no caducan con la edad.

 

Reclamar este espacio requiere derribar el edadismo que nosotros mismos, a veces, internalizamos. La experiencia acumulada no es un motivo para el retiro social; es una herramienta de sabiduría y un recurso valioso para la comunidad. 

 

Esta tendencia social a infantilizarte o a tomar decisiones por ti no es un reflejo de tu incapacidad, sino del miedo y los prejuicios de los demás. Con frecuencia, el entorno familiar o social empieza a elegir qué ropa debes ponerte, qué actividades te "convienen" o en qué deberías gastar el dinero que ganaste con el esfuerzo de toda tu vida. 


Aunque muchas veces lo hagan desde el amor o la preocupación, el mensaje de fondo es devastador si te lo crees: te están invitando a renunciar a tu identidad. 


Pero déjame recordarte algo fundamental: la acumulación de años no te regresa a la infancia. Eres un adulto con una historia, con criterio propio y con el mapa completo de tu vida.


Para vivir una vejez con verdadero bienestar, necesitas poner límites claros y reclamar tu lugar en la mesa. 


Cuidar de ti no significa que permitas que te sustituyan. Si en algún momento necesitas apoyo físico o médico, eso no te quita el derecho a elegir cómo, cuándo y de quién recibirlo. Tu cuerpo y tu mente siguen siendo tuyos. 


El empoderamiento real comienza cuando te paras firme frente a tus hijos, tus nietos o tus médicos y les recuerdas que tu opinión no es opcional, sino el eje central de cualquier decisión. Equivocarse, cambiar de opinión a mitad del camino o decidir emprender algo completamente nuevo a los 70 u 80 años son libertades que no tienen fecha de caducidad.


Apropiarte de tu vejez también implica planificar tu futuro con valentía y con la frente en alto. No dejes tu destino en manos del azar o de lo que los demás "crean" que es mejor para ti. 

Hablar abiertamente de cómo quieres vivir los próximos años, definir tus decisiones médicas o poner en orden tus finanzas son los actos de mayor control y amor propio que puedes regalarte. La vejez no es una sala de espera silenciosa donde te sientas a ver la vida pasar; es una etapa para cosechar, para decir lo que piensas sin filtros y para reescribir tus propias reglas. Nadie conoce mejor que tú el camino que has recorrido, así que nadie tiene el derecho de quitarte el volante ahora.


Reclamar este espacio requiere derribar el edadismo que tú mismo, a veces, has internalizado. Tu experiencia acumulada no es un motivo para el retiro social; es tu herramienta de sabiduría y tu recurso más valioso.

 

Tu proyecto de vida sigue en marcha, y tú sigues siendo el director de la obra. ¿Cuál es esa decisión o proyecto que has tomado recientemente y del cual te sientes sumamente orgulloso u orgullosa? 



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