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Cuando la Navidad no duele, pero tampoco emociona: una guía para estar en paz

  • portaldeladultomay
  • 19 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 22 dic 2025


No todos los diciembres brillan con la misma luz. Hay años que no llegan envueltos en papel de regalo, sino en el manto silencioso de la nostalgia. Hay navidades que no huelen a canela y a pino, sino a ausencia, a lo que pudo ser y no fue, a un eco en una silla vacía.


Por Luis Valenzuela


Y mientras el mundo exterior se viste con atuendos brillosos y elegantes que obligan a la sonrisa, tú sientes en lo más hondo un diciembre que no pide fiesta, sino refugio.


Y está bien. Más que bien, es humano.


¿Y si este año no tienes ganas de celebrar? No eres raro. No eres un “amargado” ni un “gruñón”. Eres un alma honesta que ha entendido que el corazón también tiene estaciones, y a veces, le toca el invierno. Diciembre no es una varita mágica que borra las cicatrices del año, ni el peso de las pérdidas que aún duelen como si fueran ayer. Quizá este año, la alegría se te quedó en el camino junto a un adiós que no sabías cómo decir. Quizá el tiempo corrió tan deprisa que te dejó con la sensación de que algo importante se quedó sin cerrar, sin abrazar, sin perdonar.


Y mientras las luces parpadean y las canciones insisten en que “es la época más feliz del año”, tu alma susurra una verdad más profunda y más valiente: “Solo quiero estar en paz. No quiero fingir”.


Permítete ser el antídoto a la falsa alegría. Este diciembre no tiene que ser feliz para ser sagrado. Puede ser auténtico, y eso es infinitamente más poderoso. Puedes vivir estas fechas desde la calma de tu propia respiración, desde el agradecimiento sereno por haber sobrevivido a tus propias tormentas. Puedes encender una vela no por tradición, sino por ti, como un faro para tu propia alma. Puedes honrar no solo lo que lograste, sino todo lo que soportaste. Cada lágrima derramada, cada día que te levantaste sin ganas, cada silencio que habitaste con valentía. Eso también merece ser celebrado.


Y cuando mires hacia adelante, no pienses en metas ambiciosas ni en la persona que “deberías" ser. Piensa en una sola intención: ¿qué te gustaría cultivar en el nuevo año? No “lograr”, sino “cultivar”. Quizá sea cultivar más paciencia contigo mismo, más momentos de silencio, o más conversaciones honestas. Una semilla de intención, plantada con calma, tiene más poder que una lista de exigencias.


No necesitas “tener espíritu navideño”. Solo necesitas permiso para estar, tal y como eres, con la belleza cruda de tu verdad presente.


A veces, el frío de diciembre se hace más helado por los abismos que nos separan de quienes amamos. Por el orgullo que se vuelve un muro, por las palabras dichas en la rabia que ahora pesan como piedras, por el silencio que se instaló y se hizo tan cómodo y tan doloroso a la vez.


¿Y si este diciembre fuera el momento de bajar la guardia? No para tener la razón. No para fingir que no pasó nada. Sino para reconstruir desde lo único que importa: el amor que, enterrado bajo el dolor y el orgullo, sigue latiendo. No necesitas un discurso perfecto. Necesitas un “estoy pensando en ti” enviado a las tres de la mañana. Un “aquí estoy si me necesitas” que no pide nada a cambio. Una llamada que no busca disculpas, sino simplemente ofrecer tu voz, tu presencia, el eco de un “aunque todo cambió, yo sigo aquí”.


A veces, no se necesita hablar de todo lo que dolió. A veces, basta con volver a hablar. Porque el mejor regalo que puedes dar y recibir este año no se envuelve. Es la verdad emocional. No regales sonrisas que no sientes. Regala mejor la calidez de tu mirada.


Regala mejor, un abrazo que no diga “estoy feliz”, sino “estoy aquí”. Regala un perdón que libera más a quien lo da que a quien lo recibe. Regala tu tiempo, tu escucha sin juicio, tu silencio compartido con alguien que también se siente solo en medio de la multitud.


Estar como estás, con tu dolor y tu verdad, y acercarte como puedas, con tu miedo y tu valentía, también es el acto de amor más puro y conmovedor que existe. Es el milagro real de estas fechas. Y este milagro, esta capacidad para ser auténtico y para amar desde la vulnerabilidad, no es exclusivo de diciembre. Es el tesoro que te llevas para el resto del año, la brújula que te guiará cuando el mundo vuelva a pedirte sonrisas que no sientes. Porque has aprendido que la paz no se encuentra afuera, sino en el sagrado permiso de ser, simplemente, tú.



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